Historia de la Familia

Loynaz del Castillo

 

La Segunda Expedición de La Garvanic

         

          El segundo viaje de La Galvanic a las costas de Cuba está subrayado por un relato que escribió uno de los participantes de aquella expedición (figura de singular relieve, que por circunstancias puramente fortuitas, pudo salvarse de caer en manos de los españoles). Años después este hombre de quien Martí dijo “tenia la palabra como la cabellera de oro” – evocaría el episodio de La Galvanic con la emoción nostálgica de los tiempos en que todo se subordinaba al culto “de la fe, de la devoción al ideal, del entusiasmo, del valor y la abnegación”. Y el nombre mismo de La Galvanic sonaría en sus oídos “como un canto de sollozó del destierro”. Este hombre era Manuel Sanguily.

          Igual que en su viaje anterior, La Galvanic había zarpado de Nassau en la madrugada del 13 de enero de 1869, tripulada por seis marineros negros, reclutados en el punto de partida, diecisiete días después de su primer desembarco al mando del General Quesada. Esta vez a mas de una buena carga de pertrechos bélicos, traía 34 expedicionarios, entre los cuales se encontraban Manuel Sanguily, Jose Varela, Jado, Anibal Agüero, Carlos Callejas, Jose Eligio Perez, Joaquin Melville, Angress Arango, Jose Guiteras y otros.

          La noche del 16 la goleta ancla, pro breves horas en cayo Lobos, ocasión que aprovecharon Sanguily y Varela Jado para bajar a tierra a recuperarse de un fuerte mareo sufrido por la navegación. De nuevo, ambos a bordo de La Galvanic continuó rumbo a Cayo Romano, donde había el propósito de efectuar el desembarco.

Fondeó al día siguiente muy temprano frente al cayo y los expedicionarios se dispusieron a bajar en el único bote que había disponible. Echado el bote al agua e instalados los remeros, ocuparon su puesto nueve expedicionarios. “Faltaba uno – relata Sanguily -, y mis compañeros, por razón al estado de debilidad en que me había puesto el mareo, instaron porque lo ocupara yo, y al fin, con mucho trabajo, hube de ceder a sus ruegos, dejando a bordo la escasa ropa con que contaba; porque nadie dudaba de que en un par de horas a lo sumo el bote desembarcaría felizmente a todos los expedicionarios, haciendo tres, o cuando mas, cuatro viajes al cayo que estaba muy cercano. En esta presunción nos separamos de la goleta los diez primeros... Regresa el bote, se arrima a la goleta, y el grupo que había quedado en tierra pudo ver con asombro que, en vez de recibir a otro grupo de expedicionarios, era izada el ancla rápidamente. Un instante después la goleta, tendiendo sus velas, se echaba mar afuera, rumbo al noroeste. En el cayo quedaban los diez expedicionarios, prácticamente abandonados.

          ¿Qué había sucedido? “En lontananza – explica Sanguily al opuesto extremo, divisamos un buque, era el Conde de Venadito, que daba caza a la goleta. En vez de encallarla y tomar tierra, el capitán se hizo a la mar, empeñado en escapar salvando su embarcación;  pero todo fue inútil. Cañoneada aquella, tuvo que rendirse como a medio día, siendo remolcada hasta Nuevitas por el vapor apresador.

“Mientras tanto nosotros, ignorantes de esas peripecias y esperando de un momento a otro la reaparición de nuestros compañeros, rondábamos la playa desierta” Sin saber siquiera que solución tomar, el encuentro con un vecino de aquel lugar les proporcionó partir al día siguiente en una canoa hacia las costas camagüeyanas de Guanaja. Es así como Manuel Sanguily, a los 20 años de edad, llegó de soldado raso, hasta alcanzar, pocos años después el grado de Coronel del Ejercito Libertador.

          La Galvanic estuvo después hasta que fue destruída por el ciclón del 20 de octubre  de 1926; al servicio de cabotaje entre las bahías de Matanzas y la de La Habana, lugar en que fue destruida. Su nombre había sido cambiado por el de Henriette.

 

 

 

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